Brevemente

¿Padre ausente o padre faltante?

¿Padre ausente o padre faltante?

La tan mentada figura del “padre ausente” alude no sólo a la idea del joven que luego de conocer la noticia del embarazo de su novia, por susto, por irresponsabilidad o inmadurez desaparece o de aquel padre que interpretó la separación conyugal como la conveniencia de establecer un corte definitivo con todo cuanto le evocara al supuesto error de aquella mala elección de pareja, (incluidos los hijos, como si estos fueran pertenencia exclusiva de la madre o bien parte de ella), sino también a aquel padre que encontrándose a gusto es su propio hogar, con su mujer y con sus hijos y aún estando orgulloso de tener un familia “bien constituida” ha declinado la función paterna por considerar que la crianza y educación de los vástagos es una cuestión menor que le compete sólo a la madre.

Contenido

  • 1 El rol de padre
  • 2 Hipótesis sobre el padre ausente
  • 3 Padre y función paterna
  • 4 Probables consecuencias del desfallecimiento de la FP

El rol de padre

Estos padres conservan para sí el rol de proveedores universales del sustento familiar y la gran mayoría de las veces se contentan con “no hacerles faltar nada a su familia”. Podríamos adjetivar de patriarcal a su modo de funcionamiento ya que asumen como “natural” la diferente participación de los padres en la crianza según supuestas diferencias en las aptitudes determinadas por los sexos.

Generalmente la mujer, partícipe necesario de este tipo vínculo también asume como expectativa del rol materno, la falta de involucramiento del padre suponiendo que para quien debe mantener el hogar, la atención de los hijos sería una sobrecarga innecesaria, en un contexto socioeconómico competitivo y devastador.

En definitiva, podríamos afirmar entonces que no basta la paternidad para ejercer la función paterna o dicho de otro modo, que una cosa es ser genitor y otra es ser padre. El primero aporta su caudal genético para el nacimiento del hijo, y el segundo, es el que ejerce el paternaje. Claro está, si psicológicamente está en condiciones, si tiene interés de hacerlo y si la madre presta autoridad a la palabra del padre.

Aquí podríamos preguntarnos en qué consisten las funciones paterna y materna y cómo puede ser que ambas no provengan de suyo de la diferencia sexual entre el hombre y la mujer.

Comencemos por la menos delegada: la función materna. Ésta tiene que ver con los cuidados prodigados al hijo, la alimentación, la ternura, el contacto corporal, el amor incondicional y en el mejor de los casos la facilitación de la tarea del padre de ruptura de la burbuja diádica entablada entre ella y el vástago desde su nacimiento.

En tanto, a la función paterna le compete la imposición de reglas tendientes, en definitiva, a establecer un corte en la relación madre-hijo que le permitirá a éste su constitución como sujeto independiente, el acceso a la cultura y la internalización de la ley paterna de prohibición del incesto y acceso al goce.

Hipótesis sobre el padre ausente

Resume M. Varela: “Las ideas mas importantes que D. Winnicott expone en sus conferencias por la BBC al hablar del “buen padre” del niño pequeño son: que los padres no pueden reemplazar a las madres en virtud de su incapacidad para amamantar; incluso puede resultar inconveniente que aparezcan en escena prematuramente. Su principal virtud reside en permitirle a su esposa ser buena madre. Su presencia junto al bebé puede ser solo episódica, alcanza con que se muestre a menudo para que el niño experimente el sentimiento de que es real y está vivo. Es más, llega a aceptar que hay padres que no se interesen nunca por su bebé. A los ojos del niño él encarna la ley, el vigor, el ideal y el mundo exterior que debe hacerle conocer. Él es el que saca al niño a la calle, pero a instancias de la madre. Su buena paternidad dependerá de la necesaria intermediación de la madre entre él y su hijo. El bebé prefiere a la mamá, que es a quien más ama, y al padre le corresponderá ser el vertedero de su odio para evitar la confusión que generaría en el niño descargarlo sobre la madre. Parecería en cambio que podría odiar al padre sin que eso le traiga problemas. A él le cabe el papel de poner límites a su agresión. (D:W:Winnicott, Conozca a su niño. Psicología de las primeras relaciones entre el niño y su familia”.

La psicoanalista de niños Francoisse Doltó (citada por E. Badinter en ¿Existe el amor maternal?) al contestar las preguntas que cotidianamente le formulaban por radio en France Inter se quejaba de que al no mencionarse al padre era como si no existiese, en oportunidad de recibir la pregunta de un oyente que se lamentaba por las burlas de sus hijos a causa de sus actitudes tiernas, le respondió que “el amor del padre no se manifiesta nunca a través del contacto físico”. Éste puede existir mientras el niño es muy pequeño pero pronto debe reducirse al mínimo.

Otra postura contraria a las paradigmáticas concepciones de la paternidad tradicionalista, arriba expuestas, y digna de ser tenida en cuenta es la del psicoanalista junguiano Guy Corneau. Éste sostiene en su libro “Père manquant, fils manqué” que “el hombre nace a la vida tres veces. nace de su madre, nace de su padre y finalmente nacerá profundamente en y de sí mismo”. La consecución de su identidad masculina dependerá de la no interrupción de este proceso. Si el padre permaneciera “silencioso”, generación tras generación, sobrevendrá la fragilidad de la identidad masculina; “silencio” que niega el deseo y la necesidad del hijo varón de ser reconocido y amado por el padre. Los hijos devendrán hijos “defectuosos, fallidos” (fils manqué) en el caso de que los contactos con el padre no sean duraderos ni profundos ni afectuosos. Los “hijos del silencio” devienen de un “padre faltante”. Corneau emplea el adjetivo “faltante” a fin de otorgar al concepto de padre ausente un sentido más amplio. Hace referencia además de la ausencia física, también a la ausencia espiritual y afectiva del padre que aún estando presente físicamente no se relaciona de manera adecuada con él; al incapaz de expresar afecto y sensibilidad; al aplastante; al envidioso de la inteligencia del hijo; al autoritario y al alcohólico cuyas fluctuaciones emocionales mantienen en vilo a los hijos.

A fin de que el niño nazca como varón, (G. Corneau apunta que “la mujer nace pero el hombre se hace”) será necesario que el padre sea un padre “presente” físicamente, que le permita identificar lo que tienen en común y abandonar la identificación primaria con la madre. La identidad sexual del hijo está anclada en el cuerpo y en el afecto del padre. La falta de éste o un paternaje inapropiado, que abandone al niño al cuidado exclusivo de la madre, redundará en la represión de su sensualidad y corporeidad, en el temor a la homosexualidad y a la mujer y en su miedo posterior a la intimidad con su propio cuerpo y con el cuerpo femenino.

Padre y función paterna

Como es fácil deducir, la F.P. no está implícita en el hecho de ser el padre biológico y muchas veces la misma es ejercida por la propia madre (si puede), por un tío o por el abuelo generalmente maternos. Esto último suele darse cuando el padre biológico ha desaparecido por fallecimiento, a consecuencia de un divorcio controvertido, (que algunos autores califican de maligno), o simplemente porque no tiene vocación de padre o está distraído en infidelidades diversas.

Desde ya que hay un entramado social que ve con buenos ojos la idea de que el hombre abdique de su función paterna y que tiene que ver con “mística masculina” que prioriza el abandono afectivo del hijo, el no reconocimiento de las necesidades de contacto afectivo y corporal con su padre desde el comienzo de la vida y el confinamiento de este último al papel de abastecedor económico.

Probables consecuencias del desfallecimiento de la FP

Estudios realizados en varios países dan cuenta de que para el niño es tan importante el contacto con su madre como con su padre para su normal desarrollo psicosexual y que el déficit en la FP conduce frecuentemente a “problemas de conducta” que implican diversos grados de agresividad y que van desde las inocentes mentiras, pasando por los robos a sus pares, sus docentes y a sus padres, hasta francos actos de violencia riesgosos tanto para los semejantes como para sí mismos (trastorno disocial de la personalidad).

Otros estudios indicarían que el desinterés paterno por involucrarse afectivamente con el hijo, juntamente con el excesivo apego de la madre a éste y su real indiferencia por su pareja, conducirían a trastornos en la identidad sexual especialmente en el hijo varón o a otros trastornos más graves aún.

Iris Pugliese
Lic. en Psicología